FUERZACUBA


Para alguien que vive en el epicentro de los campos desgastados de un país comunista lo normal es convertir a todos los demás en un peligro. Si alguien sólo ha escuchado lo que le dicen sus padres, léase el estado, esa versión unilateral de la vida convierte directamente los dos hemisferios de alguien en uno solo: uno muy grande invadido por una sola opinión. “No sé qué hay allá, pero es malo”.

Sólo así puedo entender lo que pasó cuando explorábamos las carreteras de Cuba. Después de varios días dentro de nuestra burbuja turística en la península más capitalista de la isla, Varadero, fuimos a buscar la otra Cuba; ésa en la que se refugian los cubanos, las guitarras con versos improvisados y las sonrisas más grandes que sus carteras.

Es difícil guiarse por el asfalto sin señalizar y agrietado de sus carreteras, así que acabamos perdidos por un camino de tierra batida. Mientras buscábamos dueño para unas bolsas con ropa que traíamos, vimos que a lo lejos apoyaba el morro sobre el camino una pequeña casa de madera.

Mucho antes de llegar a la puerta, cuatro ojos nos observaban inertes desde la entrada: una mujer sentada en una silla y un joven apoyado en la pared de la casa amarilla median con su mirada que no nos acercáramos demasiado, escrutando primero el coche y a los que conducían esa nave de metal.

Abrimos las puertas de nuestra nave espacial y nos acercamos con cuidado, como quien no quiere asustar las especies exóticas del lugar. Caminamos hacia ellos con nuestro traje de astronauta marca Nike, Quechua e Inditex, ofreciendo las bolsas de ropa. Sus ojos se miraron y se volvieron hacia los astronautas. La señora agitó la cabeza a los lados nerviosa murmurando “no, no” y caminando hacia atrás, sin dejar de vigilarnos, para meterse en su madriguera.

Sin insistir, nos volvimos a la nave pero entonces escuchamos a esa misma voz alcanzar nuestros oídos capitalistas con un “es gratis?”.

Antes de terminar de asentir con la cabeza las bolsas ya habían desaparecido de nuestras manos y ellos vuelto al umbral de su puerta, donde poder refugiarse si decidimos atacarles, saquear o bombardear la casa, como todo astronauta hace desde su KIA.

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